DED-Calendario 2010.

Conflictos de Tierra en Centroamérica
Y de esta manera se llenaron de alegría, porque habían descubierto una hermosa tierra, llena de deleites, abundantes en mazorcas amarrillas y mazorcas blancas, y abundante también en pataxte y cacao, y en innumerables zapotes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel.
Popol Wuj
La precaria situación de vida de una mayoría de de la población en los países centroamericanos Guatemala, Honduras y Nicaragua esta estrechamente vinculada a conflictos de tierra existentes. A la injusta distribución de tierra, consecuencia de procesos históricos y políticos durante las últimas generaciones se unen los efectos de factores globales de este siglo. El cambio climático así como la explotación irresponsable de los recursos naturales debidos a intereses económicos internacionales son influyen en y ahondan la ya existente pobreza en muchas regiones de Centroamérica.
Conflictos internos a cause de la distribución de tierra resultan en la destrucción a largo plazo de espacios vitales de vida y producción de comunidades campesinas e indígenas. El avance de la frontera agrícola provocada por la ganadería extensiva, grandes plantaciones de monocultivos así como la escasez de tierra fértil para comunidades de pequeños campesinos llevan a ocupaciones y asentamientos ilegales y deforestaciones, que en la mayoría de los casos afectan áreas protegidas y territorios indígenas. La espiral de la pobreza, que al no haber alternativas deriva en conflictos sociales y resulta en la destrucción de recursos naturales vitales para la supervivencia, en muchos casos conduce a daños irreparables en el sistema ecológico así como la perdida de la base para una vida digna.
Para la población rural de los países centroamericanos conflictos de tierra por motivos étnicos y políticos son amenazantes y constatan un estatus y lazos de poder que establecen desigualdad e injusticia en el acceso a recursos y posibilidades de actuar.
El Servicio Alemán de Cooperación Social-Técnica (DED por sus siglas en alemán) contribuye con su trabajo a la reducción de los efectos que provienen de los distintos conflictos de tierra. El DED en Centroamérica trabaja en Honduras, Guatemala y Nicaragua y brinda estrategias regionales y acompa¬ñamiento en procesos de cambio a través de 90 expertos a más de 50 organizaciones contrapartes.
El DED fomenta intercambios transnacionales de experiencias p. e. en la medida de protección y ma¬nejo de áreas protegidas como el Corredor Biológico Mesoamericano. También se vinculan proyectos de desarrollo económico local que buscan alternativas de ingresos en zonas de amortiguamiento de áreas protegidas, proyectos de ordenamiento territorial participativo y proyectos de manejo forestal y agropecuario sostenible.
El Servicio Civil para la Paz-SCP, uno de los Programas del DED, en Centroamérica únicamente ubicado en Guatemala, contribuye a la transformación de la conflictividad de tierra a través del envío de personal técnico calificado y un financiamiento para actividades con la finalidad de apoyar institu¬ciones locales en la prevención de crisis, en el marco del fomento de paz y el manejo de los conflictos civiles. El valor del trabajo del programa SCP es la transformación de los conflictos y de las dinámicas conflictivas con el fin de prevenir su estallido violento y/o reducir los niveles de conflictividad.
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Deforestación y tráfico de madera
El 80% de los bosques latifoliados en Honduras se encuentran en manos del Estado. Debido a eso, por la falta de capacidad logística y recursos del ICF para la supervisión y protección, las áreas forestales, aunque definidas áreas protegidas, siguen siendo deforestadas.
Fotografía:Pierre-Hubert Malet
Texto: Clara Siersch y José Lucas Ramírez
La foto enseña miembros de la comunidad de "Las Flores" que observan y denuncian un descombro en una microcuenca de su comunidad. Con su ayuda la Unidad de Medio Ambiente de la Municipalidad de Catacamas (UMA) y el Instituto de Conservación Forestal (ICF) hizo un informe sobre la desastrosa tala de los árboles para el Ministerio Público.
El bosque predominante de Olancho, el departamento más grande de Honduras, es latifoliado. Tal como la mayoría del bosque de hoja ancha, también el bosque de la foto de "Las Flores" se encuentra en una zona protegida, en el Parque Nacional de Patuca. Este parque, que se estableció mediante un decreto del año 1999, como también la Reserva de la Biosfera Tawaka y la Biosfera del Río Plátano, forman parte del Corredor Biológico Mesoamericano. Ese Corredor, con el fin de la conservación de la biodiversidad en América Central, surgió de una iniciativa entre la parte oriental de Honduras y norte de Nicaragua y abarca hoy áreas protegidas de varios países.
El 80% de los bosques latifoliados en Honduras se encuentran en manos del Estado. Debido a eso, por la falta de capacidad logística y recursos del ICF para la supervisión y protección, las áreas forestales, aunque definidas áreas protegidas, siguen siendo deforestadas. Por la inmensa extensión superficial y el difícil acceso del Corredor Biológico, la presencia de las autoridades encargadas de la implementación de las leyes ambientales es insuficiente.
Microcuencas, fuentes productoras de agua, para abastecer comunidades con agua potable, son la parte más importante de las áreas protegidas. La continuidad de su deforestación pone en grave peligro el mantenimiento del nivel de agua.
87% del territorio nacional es tierra de vocación forestal. La ganadería extensiva, que es la rama productiva más importante en Olancho, provoca una lucha por la ampliación de áreas de pasto, originalmente dedicados al bosque latifoliado. Mientras que en el bosque de pino existe un mejor control sobre la explotación y la venta de madera, el bosque de hoja ancha se mira gravemente afectado por la ampliación de la industria ganadera.
Por falta de conocimiento sobre el uso sostenible de las tierras, los campesinos se encuentran en perpetua búsqueda de nuevas áreas fértiles para sus cultivos y hatos ganaderos. Como nómadas se trasladan cada dos a tres años, para ganarse descombrando y quemando nuevas tierras. De esa manera la frontera agrícola sigue avanzando cada año más hacia adentro de las áreas núcleos del Corredor Biológico Mesoamericano.
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Biodiversidad
De la racionalidad en el uso actual de la biodiversidad dependerá la calidad de vida de las futuras generaciones.
Fotografía: Thomas Lippert
Texto: Fabio Buitrago
Los ecosistemas silvestres tropicales albergan una gran diversidad biológica que incluye especies vegetales, animales e invertebrados de diferentes clases. Esta alta diversidad es la que convierte estos paisajes naturales en verdaderos sistemas ecológicos en donde ocurren múltiples procesos e interacciones de los que depende la productividad y viabilidad de éstos.
El cambio progresivo de condiciones ecológicas y ambientales en los ecosistemas silvestres provoca un proceso llamado "simplificación ecosistémica" el cual consiste en la pérdida incremental de especies de alto valor ecológico. Las primeras especies en desaparecer son especies asociadas con condiciones muy particulares del ecosistema, ya sea temperatura, humedad, luminosidad, disponibilidad de alimento, depredación o nicho reproductivo. A este tipo de organismos se les conoce como "especialistas" por sus requerimientos muy específicos.
La pérdida progresiva de la biodiversidad provoca desequilibrios en los ecosistemas, pues se afecta directamente el balance entre productores, depredadores y presas, y con ello comienzan a ocurrir explosiones poblacionales de ciertos organismos a quienes favorecen las nuevas condiciones ecológicas. Estos desbalances hacen que los ecosistemas silvestres pierdan productividad y se reduzca considerablemente la capacidad funcional de éstos de generar servicios ambientales.
Dentro de los ecosistemas silvestres más relevantes del país se encuentran los forestales, tales como el bosque húmedo tropical, el bosque de pinos y el bosque seco; los humedales como manglares, pantanos, turberas, llanuras inundadas; lagos y lagunas y arrecifes de coral. En estos ecosistemas se alberga más del 95 % de la biodiversidad de Nicaragua, no obstante la superficie de estos ecosistemas se ha visto reducida en más del 50 % en los últimos 60 años a consecuencia de la ampliación de áreas agropecuarias, la extracción descontrolada de recursos naturales, principalmente madera y leña, la contaminación de los cuerpos de agua, y el crecimiento desordenado de los polos urbanos.
Conservar una fracción representativa de los ecosistemas silvestres de los países de Centroamérica no sólo es una obligación de los Estados, es también nuestra responsabilidad y compromiso para con nuestros hijos y nietos. De la racionalidad en el uso actual de la biodiversidad dependerá la calidad de vida de las futuras generaciones.
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Cambios climáticos y sus consecuencias
Cada vez es más frecuente que los y las campesinas pierdan sus cosechas a causa de las inundaciones o las sequías. Un factor que sin duda no contribuye a la reducción de la pobreza en una zona en la que el 67% de los y las habitantes son pobres, habiendo un 12% entre ellos y ellas que se encuentra en extrema pobreza.
Fotografía: Markus Zander
Texto: Pablo Calderón
Las inundaciones a finales del mes de octubre del año 2008 en la comunidad de Rosatitlán, municipio de San Luis, Petén, causaron pérdida de animales y la cosecha de la temporada. Este municipio se encuentra ubicado en la parte sur del Petén, junto a los municipios de Dolores y Poptún, siendo una zona que se caracteriza por tener llanuras con importantes recursos naturales hídricos, de flora y fauna.
Casi el 75% de la población del sur del Petén vive en el campo, siendo su principal sostén la agricultura. A pesar de que los campesinos poseen extensiones de tierra más grandes que en la mayoría de los departamentos de Guatemala, la producción se limita a la siembra del maíz y frijol, cultivos de autoabastecimiento que generan pocas ganancias para las familias.
El desmesurado aumento en los últimos años de la temperatura de la tierra a causa del calentamiento global en el nivel mundial, el incremento de fenómenos naturales de mediana y gran envergadura, la utilización inadecuada de los recursos naturales por parte las empresas dedicadas al cultivo de palma africana, de los ganaderos y de los propios campesinos, así como la deforestación y la depredación de la fauna, han hecho que los riesgos medioambientales se hayan visto incrementados de forma considerable en la zona sur del Petén.
Este hecho ha provocado que las instancias locales, cuyo trabajo está encaminado a la prevención de riesgos y desastres hayan quedado totalmente rebasadas ante estas eventualidades naturales, ya que no cuentan con los recursos económicos y técnicos necesarios para dar una respuesta eficaz a las nuevas demandas, elevándose consecuentemente el número de personas damnificadas por estos desastres naturales.
Del mismo modo, cada vez es más frecuente que los y las campesinas pierdan sus cosechas a causa de las inundaciones o las sequías. Un factor que sin duda no contribuye a la reducción de la pobreza en una zona en la que el 67% de los y las habitantes son pobres, habiendo un 12% entre ellos y ellas que se encuentra en extrema pobreza.
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Ocupaciones de tierra y desalojos
Ante la falta de tierras, así como de alternativas viables de empleo, muchos campesinos y campesinas no ven otra opción para asegurar su sobrevivencia que la ocupación de tierras que ellos consideran libres porque no se trabajan.
Fotografía: Markus Zander
Texto: Javier Pla, Markus Zander
La ocupación de tierras por parte de las y los campesinos generalmente es un acto de desesperación que evidencia la falta de oportunidades y extrema desigualdad en la distribución de tierras que existe en Guatemala, donde el 2% de los propietarios posee el 70% del área agrícola cultivada y el 60% de la población depende de manera directa de la agricultura como sustento de vida. Una concentración de tierras que está viéndose agravada actualmente a consecuencia de la expansión de monocultivos para la producción de agrocombustibles como la caña de azúcar o la Palma Africana que exigen áreas enormes para su cultivación.
Ante la falta de tierras, así como de alternativas viables de empleo, muchos campesinos y campesinas no ven otra opción para asegurar su sobrevivencia que la ocupación de tierras que ellos consideran libres porque no se trabajan. Así, las tierras ocupadas suelen ser en la mayoría de casos tierras ociosas que se encuentran en manos privadas o áreas protegidas, en las que, ante la debilidad de las estructuras estatales, campesinos y ganaderos comienzan a cultivar. En este contexto, se han dado casos también en los que los finqueros llevaron a campesinos a las áreas protegidas, prometiéndoles tierra y utilizándolos para preparar el terreno para el posterior establecimiento de potreros.
Ante esta situación, la única respuesta del Estado son los desalojos, generalmente con un fuerte acompañamiento de la policía y el ejército y en el caso de las fincas privadas también con personal de seguridad privada. Desafortunadamente, estos desalojos son frecuentemente violentos y en algunos casos, especialmente cuando se ha tratado de fincas privadas, han conllevado heridos e incluso muertos. Tras el desalojo, los y las campesinas quedan en una situación de gran vulnerabilidad, lo que les lleva en muchos casos a no ver otro futuro posible que el llevar a cabo una nueva ocupación de tierras comenzando una vez más con el círculo de violencia.
Ante este problema de incierta solución, los desalojos son muestra de la incapacidad del Estado de dar respuestas a la problemática de la distribución de la tierra, creando a su vez una espiral de empobrecimiento y creciente conflictividad que cada día se vuelve más difícil de romper.
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La lucha de las organizaciones campesinas
Más de 10 mil pobladores provenientes de 12 comunidades, del Municipio de San Juan Sacatepéquez, en el altiplano guatemalteco, a 40 kilómetros de la Ciudad Capital, realizaron una marcha para exigir el respeto a los resultados de la consulta comunitaria.
Fotografía: Comité de Unidad Campesina -CUC-
Texto: Carlos Barrientos
Durante los días 13 y 14 de julio de 2009, más de 10 mil pobladores provenientes de 12 comunidades del Municipio de San Juan Sacatepéquez, situado en el altiplano guatemalteco a 40 kilómetros de la Ciudad Capital, realizaron una marcha para exigir el respeto a los resultados de la consulta comunitaria en la que decidieron no permitir que se instale en sus comunidades una planta de producción de cemento, debido a los daños que provocará en el medio ambiente y la producción campesina.
Según el Ministerio de Energía y Minas, ya en el año 2004 se habían otorgado licencias para la explotación minera sobre 1,144 kilómetros cuadrados en todo el país, con el agravante de que el área con mayor potencial para la explotación minera metálica es la que el ministerio denomina "cordillera central" y que abarca un 1/3 del territorio nacional. Una zona que cuenta con una alta concentración de población mayoritariamente indígena que si bien en el pasado fue olvidada a pesar de los altos niveles de pobreza y exclusión, hoy día ven cómo sus tierras son codiciadas por empresas y petroleras.
Las consecuencias medioambientales de la extracción de minerales y su impacto en la vida de los pueblos y comunidades es sumamente elevado dado que la minería es una opción de corto plazo que destruye totalmente el hábitat de especies animales y vegetales, consume 250 mil litros de agua por hora y representa graves riesgos de contaminación de la tierra y de los mantos acuíferos con cianuro.
Las actividades extractivas, en particular la minería a cielo abierto, ha generado rechazo de las comunidades indígenas y campesinas que se han manifestado realizando consultas comunitarias con base en el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo -OIT- que establece la necesidad de consultar a los pueblos indígenas sobre todas aquellas actividades que les pueden afectar. A pesar de ello y a día de hoy, los tribunales siguen sin reconocer la validez de dichas consultas.
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Proyectos hídricos y conflictos de tierra
En la foto se encuentra Sebastián Iboy Osorio, sobreviviente de las masacres cometidas contra la población Maya-Achí de Río Negro en 1982, quien enciende una vela en el lugar donde fueron asesinados sus familiares, en un gesto que pretende recordar y dignificar a las víctimas.
Fotografía y Texto: Victor Lindenmayer
En los años ochenta se conjugaron dos amenazas fatales para la población de Río Negro, Rabinal, Baja Verapaz: por un lado el desalojo forzado por causa de la construcción de una represa gigantesca y por otro lado la intensificación de las sangrientas operaciones contrainsurgentes del ejército guatemalteco.
Estos conflictos culminaron con el genocidio fríamente calculado en contra de toda una comunidad indígena del pueblo maya Achi' y su patrimonio cultural. Después de cuatro masacres consecutivas con un saldo aproximado de 440 víctimas -hombres, mujeres, niños-, la aldea de Río Negro había sido reducida a la mitad de sus integrantes. Al mismo tiempo, sus sitios sagrados de más de 2,500 años de antigüedad empezaron a desaparecer bajo las aguas del embalse Pueblo Viejo-Quixal que comenzó a llenarse.
Para la conciencia de la clase política, parece que era más conveniente olvidar estos sucesos desoladores que reconocerlos e indemnizarlos. Poco se escuchaba en Guatemala de lo que había ocurrido en la cuenca media del río Chixoy o Río Negro durante los años ochenta.
A pesar de este olvido, los habitantes sobrevivientes de Río Negro nunca dejaron de luchar por elresarcimiento integral de los daños y perjuicios provocados a sus familias y a su comunidad. Así, los esfuerzos de los líderes y lideresas descendientes de Río Negro en ningún momento se limitaron a las demandas políticas o debates jurídicos. Desde siempre incluyeron gestiones propositivas y constructivas que siguen teniendo un merecido éxito.
En los últimos años, el horizonte político se ha despejado de tal manera que el Gobierno de Guatemala reconoció en un acuerdo político, que en la época del conflicto armado se habían producido daños y perjuicios a la población que deben ser analizados por medio de una comisión de verificación y una mesa de negociación. Las perspectivas de la población sobreviviente de Río Negro ahora cuentan con condiciones favorables para lograr sus objetivos.
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Métodos alternativos para la transformación de conflictos
En la imagen, líderes comunitarios y un funcionario del gobierno municipal analizan los avances obtenidos, las posibles acciones a emprender en el futuro, así como los obstáculos que deben ser salvados por sus comunidades sobre un mapa del municipio.
Fotografía: Víctor Rodríguez
Texto: Víctor Rodríguez /Pablo Calderón
Con múltiples proyectos de inversión privada relativos a fraccionamientos urbanos costeros en casi la totalidad de los 56 km de litoral del pacífico con que cuenta el municipio de San Juan del Sur -Nicaragua-, el municipio es un centro urbano donde se concentran las oportunidades de empleo y la prestación de servicios de todo tipo para el resto de las comunidades.
Las 33 comunidades rurales con las que cuebta dicho municipio se encuentran dispersas dentro de un territorio del cual el 50%, se encuentra ocupado por bosque seco tropical que pertenece al Corredor Biológico Mesoamericano (CBM); Por ello, el gobierno local y la población del municipio se encuentran frente a un claro desafío: disponer equitativamente de los recursos económicos y naturales para el bienestar de las familias que integran esa región, conservando a su vez el medio ambiente y aprovechando racionalmente estos recursos de la naturaleza.
Los conceptos y metodologías utilizados en el ámbito de la planificación territorial y la resolución de conflictos con las comunidades han permitido que las autoridades locales y las y los pobladores sean quienes asuman el reto en la construcción de una alternativa para el desarrollo de la región.
En la imagen, líderes comunitarios y un funcionario del gobierno municipal analizan los avances obtenidos, las posibles acciones a emprender en el futuro, así como los obstáculos que deben ser salvados por sus comunidades sobre un mapa del municipio.
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Organización comunitaria
Las violaciones a los derechos humanos son innumerables en el contexto agrario de las comunidades; la organización comunitaria es un bastión importante sobre el cual muchas de las organizaciones indígenas campesinas han reivindicado el derecho de lucha por el respeto de los derechos económicos, sociales y culturales.
Fotografía: James Rodríguez
Texto: Pablo Calderón
La conflictividad social que continúa generando el acceso y uso de la tierra en las comunidades indígenas campesinas, ha estado caracterizada como un proceso histórico de despojo de los recursos naturales de estos territorios, por parte de distintos grupos de poder, aunado a la continua pauperización de los campesinos, la atomización de las pequeñas y medianas parcelas de tierra y las políticas agrarias poco adecuadas para el desarrollo rural.
Las violaciones a los derechos humanos son innumerables en el contexto agrario de las comunidades: amenazas, criminalización de líderes y lideresas, desalojos violentos, etc. La organización comunitaria es un bastión importante sobre el cual muchas de las organizaciones indígenas campesinas han reivindicado el derecho de lucha por el respeto de los derechos económicos, sociales y culturales, generando las condiciones para reconstrucción del tejido social en una sociedad que fue desgarrada por el enfrentamiento armado interno.
Las formas de organización comunitaria han estado presentes históricamente dentro de las comunidades indígenas campesinas a través de distintas formas: principales y ancianos, alcaldías comunales, alcaldías indígenas, cofradías religiosas, entre otras, siendo esta parte muy importante dentro del quehacer de la comunidad al momento de tomar decisiones, reivindicar derechos e incidir dentro de los espacios del gobierno local y nacional.
La participación de mujeres y jóvenes dentro de estos espacios de organización siempre ha sido determinante, a pesar de que éstos todavía no son suficientes dentro de la estructura de organización de las comunidades, siendo un proceso que deberá construirse a largo plazo.
Prueba de esta participación es la imagen de Jesusa Juárez Ixtecoc que muestra un afiche enmarcado de la Coordinadora Nacional Indígena Campesina (CNOC) en el que una mujer aparece resistiendo a la destrucción de su casa durante el desalojo del 8 de enero de 2007, Aquí estoy yo. Aguanté todo eso. Ahí está la foto: yo diciendo que no desarmaran la casa. Regresamos a las 3 de la mañana esa misma noche. Yo fui la primera en entrar (para la compañía) yo soy como una garrapata atrás de la vaca. ¡Allí estoy! ¿Qué está haciendo, que está pensando la compañía?
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El Sagrado Maíz
No en vano, la domesticación del maíz que llevaron a cabo hace varios miles de años las poblaciones mesoamericanas ha sido considerada en la actualidad como una de las mayores hazañas de modificación genética de la historia de la humanidad.
Fotografía: Pierre-Hubert Malet
Texto: Markus Zander, Maider Iarte
A continuación [Tepeu y Gucumatz, los creadores], entraron en pláticas acerca de la formación y la creación de nuestra primera madre y padre. De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados. POPOL WUJ
Así relata el Popol Wuj, libro sagrado de los y las Mayas, cómo fueron creados la primera madre y el primer padre. Una creación en la que los formadores y creadores sustituyeron la arcilla del Antiguo Testamento por el maíz en un claro reflejo de la importancia y el carácter sagrado que este grano básico tiene en la Cosmovisión Maya. No en vano, la domesticación del maíz que llevaron a cabo hace varios miles de años las poblaciones mesoamericanas ha sido considerada en la actualidad como una de las mayores hazañas de modificación genética de la historia de la humanidad, un proceso que hoy en día hubiera requerido complejos laboratorios para su culminación. Desde entonces, Centroamérica se alimenta de maíz, grano básico que se constituye como producto central de la dieta en muchos países y que moldea los paisajes de norte a sur llenándolos de mares de milpas entre los cuales se ocultan las casas de las y los habitantes del istmo.
La siembra del maíz sigue siendo en muchos casos una actividad colectiva de apoyo mutuo a través de la cual se expresa el espíritu comunitario y la relación estrecha con la Madre Tierra que aún se conserva en muchos lugares de Centroamérica, constituyéndose por ello en una de las actividades más importantes del año para la población campesina. Del florecimiento y cosecha de las mazorcas dependerá el bienestar de toda la familia, por lo que muchos de los pueblos originarios que habitan el istmo mesoamericano siguen realizando sus ceremonias y ofrendas a lo largo de todo el proceso de cultivo del maíz para que así sea.
Infelizmente, y como consecuencia de las exigencias y dinámicas de un mundo cada vez más globalizado en el que cada día son más las multinacionales que se apropian de enormes extensiones de tierra para la producción de agracombustibles o la extracción de recursos naturales, esta relación ancestral entre el hombre, la tierra y el maíz está siendo amenazada. La proliferación de las mal llamadas variedades mejoradas de maíz, que para su adaptación a las condiciones geoclimáticas de las diferentes zonas de la región dependen de los fertilizantes agro-químicos, está haciendo dependientes a las y los pequeños campesinos de estos productos industriales, al tiempo que se está llevando a la extinción a las variedades criollas de maíz, mucho más nutritivas y resistentes que las genéticamente modificadas.
Ante estas amenazas, el futuro próximo se presenta incierto para las y los campesinos centroamericanos: si los Estados no promueven políticas públicas que garanticen mitigar su vulnerabilidad ante las presiones externas, los y las campesinas estarán cada día más lejos de su derecho a la soberanía alimentaria. Del mismo modo, la relación ancestral y armónica que ha vinculado durante miles de años al ser humano, el maíz y la tierra se perderá para siempre, dejando tras de sí secuelas sociales, culturales y ecológicas irrecuperables.
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La Agricultura Orgánica como una alternativa
El uso de agroquímicos ha llevado a la degradación de los recursos naturales en el país, amén de las secuelas que el uso de estos productos deja en la población.
Fotografía: Norbert Rose
Texto: Norbert Rose
Actualmente uno de los principales problemas de los agricultores convencionales es que han desarrollado sistemas de producción basados en insumo externo. Esto significa que el pequeño productor debe adquirir sus insumos para la producción en el último eslabón de la cadena comercial. Esta situación se agrava al tener que vender sus productos en el primer eslabón de la cadena; en resumen: compran caro y venden barato.
Paralelamente, el uso de agroquímicos ha llevado a la degradación de los recursos naturales en el país, amén de las secuelas que el uso de estos productos deja en la población. La contaminación del agua (claro ejemplo de lo cual es el Lago Atitlán que ha visto aumentar los índices de cianobacteria de manera alarmante en los últimos meses), de los suelos, del aire, de la producción y por consiguiente de los seres vivos, así como el menoscabo de la biodiversidad, son consecuencias directas de una agricultura convencional basada en la "revolución verde".
Ante esta situación desoladora, la agricultura orgánica es considerada, no solamente como una técnica alternativa, sino como un movimiento campesino que incorpora elementos de calidad de vida, responsabilidad social, un vínculo más directo entre el consumidor y el productor y que además busca una mejor distribución de las ganancias en la cadena de comercialización agroalimentaria.
Consecuentemente, la agricultura orgánica se presenta ante de la crisis alimentaria como una oportunidad que con su dinámica contribuye a generar y a aumentar los ingresos familiares y a llevar al mercado mejores productos alimenticios. Para los campesinos representa un método de diversificación de su producción, que se traduce en la reducción de riesgos en la comercialización, y en consecuencia en la diversificación de sus fuentes de ingreso al eliminar su dependencia en un sólo cultivo y por ende en las fluctuaciones de los precios de estos productos.
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La relación espiritual con la tierra
Desde la Cosmovisión Maya, la espiritualidad es el espacio que une al Formador y Creador con la Naturaleza y el Ser Humano, siendo sagrada la relación que une a estos tres elementos.
Fotografía: Markus Zander
Texto: Markus Zander, Maider Iriarte
Durante miles de años, la llama del Círculo Sagrado del Fuego de los que ya se han ido, los presentes y los que vendrán ha sido custodiada entre los y las mayas por los y las Ajq'ijab' (guías espirituales mayas). Ellos y ellas han sido los que a pesar del empobrecimiento, la discriminación y la persecución a la que han sido sometido el pueblo maya, han guardado la esencia y los conocimientos ancestrales de una de las civilizaciones más asombrosas que ha conocido la humanidad.
Desde la Cosmovisión Maya, la espiritualidad es el espacio que une al Formador y Creador con la Naturaleza y el Ser Humano, siendo sagrada la relación que une a estos tres elementos. La Tierra, que es madre, es el centro de todo. Ella nos da alimento, cobijo y bienestar, de ella surgimos y en su regazo nos dejarán cuando muramos. En torno a la Madre Tierra se expresan dos de los valores más arraigados en la Cosmovisión Maya: el agradecimiento y el pedir permiso. La Tierra no nos pertenece, es una herencia de nuestros abuelos y abuelas para nuestros nietos y nietas. Por eso no se compra ni se vende. Se cultiva y se cuida. Porque la Tierra no es nuestra, es necesario pedir permiso cada vez que se siembra. La siembra, que siguiendo un proceso ancestral milenario, que realizan de forma exclusiva los hombres de la comunidad quienes, después de haberse alimentado únicamente de un atol hecho a base de maíz y ceniza, podrán depositar la semilla en su interior.
La Tierra es también el lugar en el que se entierra el ombligo de los recién nacidos. Cerca de la casa, para que los hijos y las hijas no vayan muy lejos cuando crezcan.
Frente a esta sabiduría ancestral y en un momento en el que la humanidad se enfrenta a la posibilidad de extinguirse a causa de los cambios que sus acciones están provocando en el planeta, se vuelve más urgente que nunca eso que Eduardo Galeano dijo de forma tan hermosa: Estas voces, que vienen de los primeros tiempos, hablan a los tiempos que vienen. Brotan de la memoria de los mayas, pero dicen lo que dicen para que las escuche el mundo.
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Semillas de futuro y esperanza
El istmo mesoamericano es una de las regiones del mundo donde mejor pueden visibilizarse las heridas de la desigualidad y la paradoja de la inequidad.
Fotografía: Markus Zander
Texto: Markus Zander, Maider Iarte
Sin darnos cuenta, completamos la primera década del siglo XXI y lo hacemos con un triste balance: la humanidad es cada día más tecnológica y digital, pero también más desigual, más irrespetuosa con su entorno y más violenta. Y Centroamérica no es una excepción.
Al contrario. El istmo mesoamericano es una de las regiones del mundo donde mejor pueden visibilizarse las heridas de la desigualdad y la paradoja de la inequidad. Años después de la firma de los distintos acuerdos de paz que tenían por objetivo construir sociedades más justas y equitativas, la población del istmo se desvive por cerrar -sin olvidar y con justicia- las dolorosas páginas de las décadas de guerra, mientras sigue arrastrando el lastre de muchas de las insoportables condiciones que avivaron los conflictos. Una de las principales, ligada al histórico despojo de la tierra a indígenas, campesinos y campesinas, vuelve a reavivarse en la región como consecuencia del inicio de un nuevo ciclo de acumulación y dominio territorial, articulado sobre conflictivas dinámicas de (re)concentración agraria, control corporativo sobre los bienes comunes, y flexibilización y precarización de las condiciones laborales.
Pero no todo está perdido. En medio de este contexto desolador que nos deshumaniza, retoñan cada vez con más fuerza las iniciativas rurales y urbanas que exigen que se recupere el protagonismo de las poblaciones indígenas y campesinas como sujetos económico-productivos garantes de la soberanía alimentaria de nuestros pueblos. Unas demandas que en Centroamérica combinan la cooperación y acción común de distintas redes sociales, con la activación de la inversión pública en el campo a través de políticas públicas de promoción de la agricultura familiar y de regulación de los mercados agroalimentarios. Unas políticas públicas que tienen también por objetivo democratizar el uso y acceso a los bienes territoriales comunes como el agua, la tierra o los bosques.
El siglo XXI sigue su curso y está en nuestras manos el aportar o no nuestro grano de maíz para que este fin de década sea semilla de futuro y esperanza para los pueblos centroamericanos.
